El fútbol ayuda a niños venezolanos en uno de los barrios más peligrosos del mundo

El sol vespertino se refleja en los techos de zinc de las casas de concreto, construidas una encima de la otra en el barrio pobre de Petare, en Caracas. Con una pelota de fútbol bajo el brazo, Iván Torres se apura por entre los altos muros cubiertos con alambre de púas.

Su hijo de 8 años, Alexis, lo guía, pateando otra pelota, mientras otros chicos salen por entre pequeñas calles que como venas se expanden por el vecindario. Es el momento que han estado esperando todo el día.

“El fútbol es más que un juego. Es una forma de vida que crea carácter y convierte a los niños en hombres y mujeres”, dijo Torres luego.

Torres, ahora de 41 años, comenzó a jugar fútbol cuando tenía 7 años. Participó en torneos fuera de Petare, el lugar donde creció, y ganó muchos trofeos. Soñaba con jugar profesionalmente, pero la falta de recursos lo convirtió en un electricista que juega fútbol en su tiempo libre.

Aún así, reconoció que ese deporte lo salvó de caer en el delito e incluso de una muerte violenta. Él quería que la próxima generación de niños en Petare tuviera las mismas herramientas que el fútbol le dio a él. Fue así que creó su propia escuela informal de fútbol. Otros entrenadores hicieron lo mismo, y pronto había 24 escuelas comunitarias informales de fútbol en Petare que se aglutinaron en torno a la pasión por el fútbol.

Hoy día esas escuelas de fútbol ofrecen entrenamiento, tanto para el deporte como para la vida, a más de 2,000 niños en una de las partes más difíciles de Caracas. Torres y otros colegas dicen que esperan que el fútbol ayude a una generación de niños a mantenerse fuera del delito y transitar el camino hacia una vida productiva.

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Estelita Gómez, de 7 años, entrena en el calor de la tarde en Petare, Venezuela. El entrenador Iván Torres le enseña a saltar obstáculos rápidamente.

“Me he dedicado a incorporar niños a este programa porque creo en él. Quiero ser útil a la comunidad, y qué mejor manera de hacerlo que a través del fútbol”, dijo Torres.

Petare, considerado por algunos como uno de los barrios marginales más peligrosos del mundo, está plagado de pobreza, drogas, una alta tasa de homicidios y un embarazo crónico entre las adolescentes. Cuando Torres y los otros entrenadores formaron sus escuelas, Petare no tenía campos de fútbol para que jugaran los chicos. Sus equipos no eran reconocidos oficialmente, por lo que no podían participar en los torneos. Solo podían ir a juegos informales llamados caimaneras en lotes vacíos. Torres y los otros entrenadores sabían que había que hacer más.

En el 2010, el alcalde de Petare, Carlos Ocariz, dio a los grupos un muy necesario impulso al asignar fondos gubernamentales para el césped artificial en los lotes vacíos donde estaban practicando. También les dio reconocimiento oficial para que pudieran jugar contra equipos establecidos, y preparó el apoyo financiero necesario.

Pasión Petare, el grupo que agrupa a todas las escuelas, se creó como una ONG independiente de forma que los clubes de fútbol no dependieran financieramente del partido político que estuviera en el poder.

El objetivo de Pasión Petare es utilizar el fútbol como un ecualizador, una forma de trascender las barreras sociales y ofrecer habilidades para superar obstáculos.

María Gabriela Rivas, la psicóloga deportiva de Pasión Petare, dijo que cree que el fútbol puede enseñar a los niños disciplina, valores, trabajo en equipo, entre otras habilidades.

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Jesús Urdaneta, de 3 años, sostiene un balón de fútbol con los guantes que recibió de un voluntario de Pasión Petare. Le gusta tanto el fútbol que pasa casi todo el día pateando la pelota en la calle.

“Queremos que el fútbol sea un proyecto de vida”, dijo Rivas. “Tratamos de asegurarnos de que los niños ocupen su tiempo libre jugando y practicando fútbol”.

Rivas dijo que sabe que Torres está marcando una diferencia en las vidas de los niños. “Puedes verlo en los ojos de los chicos”, dijo. “Su pasión, su deseo, su motivación cuando están jugando. Llegan a tiempo. Algunos viven en lo alto de la colina y vienen caminando solos para llegar a tiempo”.

La crisis de la economía de Venezuela significa que ahora hay más niños que se han quedado solos.

“Desearía que vinieran más padres, pero tienen que trabajar o hacer cola durante horas para la comida”, dijo. “Entonces los niños vienen después de la escuela y todos esperan a Iván cuando llega”.

Torres cree que el fútbol ofrece un tipo de enfoque vital para niños que de otra manera no tendrían nada productivo que hacer. “Se convertirán en presa fácil de los delincuentes que los buscan para reclutarlos”, dice.

“Caracas es una de las ciudades más peligrosas del mundo. Necesitamos proteger a nuestros niños”.

Cuando las escuelas de fútbol fueron reconocidas oficialmente, Pasión Petare comenzó a ayudar a los 24 equipos comunitarios a obtener patrocinadores, materiales para entrenamiento, transporte para torneos, uniformes y zapatos, dijo Rivas.

“Nos gustaría poder conseguir zapatos para todos los niños”, dijo, “pero no hemos podido todavía”.

Pero los zapatos rotos o desiguales no son obstáculos para los niños que aman el deporte. “Mira mis zapatos”, dijo Ansony Osio, de 16 años, riéndose y apuntándose a los pies, cada zapato de un tipo diferente. “Uno es de mi hermano y el otro es mío. Pero no me importa, algún día los conseguiré”.

Los entrenadores también se benefician de Pasión Petare. Tienen acceso a cursos sobre liderazgo, primeros auxilios y habilidades técnicas.

“Me encantan las clases porque me fortalecen, me aportan más herramientas para ser un mejor entrenador”, dijo Torres.

Torres toma su entrenamiento tan en serio como lo hace con su trabajo diario, aportando así un ejemplo para jugadores como Luis Acevedo, de 16 años, apodado “el pollo”.

“Nunca me pierdo una práctica”, dijo. “He estado jugando desde que tenía 9 años con Iván, y para mí, él es como de la familia, porque desde que era un niño siempre me ha ayudado. Bueno, no solo a mí, a todos nosotros”.

El padre de Luis tuvo que partir a Colombia hace unos meses a buscar trabajo mientras la economía venezolana continúa en picada.

“Ahora soy el hombre de la casa porque mi madre está embarazada y tengo dos hermanos menores”. … Cuando vengo aquí al terreno, no lo considero un juego. Para mí es un tipo de vida, es como una ayuda. Sin este campo de fútbol, mi futuro hubiera sido muy diferente. Muchos de mis amigos terminaron en la cárcel o están metidos en drogas. En cambio, todavía estoy en la escuela y me graduaré este año, y quiero seguir estudiando en la universidad y ser entrenador como Iván”.

La crisis económica ha afectado el programa de otras maneras. Hace un año, el entrenador asistente de Torres tuvo que abandonar el país para buscar trabajo. Algunos entrenadores reportaron que había niños que se desmayaban en el terreno por la falta de alimentos y que menos de ellos acudían a las prácticas porque sus padres no los podían alimentar.

En octubre del 2017, Pasión Petare lanzó un programa de alimentos llamado “Alimenta la Pasión”, para dar a cada niño un plato de comida cuando iban a las prácticas, independientemente de su capacidad como jugadores.

Torres supervisaba las comidas y se presentaron dos cocineros voluntarios. Pasión Petare comenzó a buscar donaciones de alimentos. Un restaurante abandonado se convirtió en su cocina comunitaria.

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Estelita Gómez, de 7 años, y Alexis Torres, de 8, junto a otros niños, comen con la ayuda de la ONG Pasión Petare, en Petare, Venezuela. A menudo es la única comida que los niños reciben los días de práctica.

Después de las prácticas, los chicos esperan su comida. “Sabemos que esta comida no garantizará sus necesidades de alimentos”, explicó Rivas, “pero de esta manera nos aseguramos de que no dejen de venir a jugar fútbol por falta de alimentos”.

Otra escuela también ha agregado un programa de comidas, y Torres espera que se sumen más.

Rivas dijo que le preocupa quedarse sin alimentos. “Es difícil tener comida todo el tiempo. Y a veces Iván y el resto de nosotros en el equipo nos preocupamos sobre cómo obtener suficientes donaciones privadas para mantener funcionando los programas en estas comunidades donde hay tanta necesidad y los efectos positivos del programa son tan evidentes”, dijo.

Hace poco llegaron dos niñas nuevas, Paola Carrasco, de 10 años, y Nicole, su hermana de 11 años.

Rivas dijo que la diferencia para las dos chicas ha sido “como el día y la noche”. Sonríen, tienen amigos y se han vuelto muy sociables”.

Paola dijo que le gusta saltar los obstáculos amarillos que ayudan a preparar a los niños para el juego. “Puedo saltar alto y soy mejor que la mayoría de los chicos. Extraño a mi madre, pero me siento más feliz aquí”.

Fuente: https://www.elnuevoherald.com/

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